España necesitó 120 minutos para vencer a Argentina por 1-0 en la final del Mundial de 2026. Para celebrarlo, sin embargo, el país parecía dispuesto a pasar toda la noche. Un día después de la decisión en Nueva Jersey, los campeones llegaron a Madrid y se encontraron con una capital llena de banderas, camisetas rojas, música y una multitud ansiosa por ver de cerca el trofeo más deseado del fútbol.
La celebración de España tras su segundo campeonato mundial fue mucho más que un desfile. Comenzó con el regreso de la delegación, pasó por recepciones oficiales, transformó importantes avenidas madrileñas en tribunas improvisadas y finalizó con un gran espectáculo en la plaza de Cibeles. Entre protocolo y relax, jugadores, cuerpo técnico y aficionados celebraron juntos la segunda estrella conquistada 16 años después del título de 2010.
La copa llegó a Madrid de la mano de Rodri
El avión de la selección española aterrizó en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas la tarde del 20 de julio. El capitán Rodri, elegido mejor jugador del Mundial, fue el primero en aparecer portando el trofeo, acompañado por el técnico Luis de la Fuente y el presidente de la Federación Española, Rafael Louzán.
La imagen ayudó a establecer el tono de la celebración. La copa pasó a primer plano, como protagonista de la jornada, mientras los jugadores, aún cansados por la final, empezaban a darse cuenta de la magnitud de lo que habían logrado.
Antes del contacto directo con la multitud, la delegación participó de compromisos institucionales. Los campeones fueron recibidos por la familia real española en el Palacio de la Zarzuela y, posteriormente, por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa.
El momento fue más formal, con discursos, fotografías y homenajes. Aún así, el sentimiento que acompañaría toda la celebración ya estaba presente: aquella generación había pasado de ser sólo un equipo prometedor a entrar definitivamente en la historia del fútbol español.
Un mar rojo se apoderó de las calles de la capital
Tras los actos oficiales, el protocolo dio paso a la celebración popular. Jugadores y miembros del cuerpo técnico subieron a un autobús descubierto para iniciar el desfile por las calles de Madrid.
El vehículo llevaba mensajes alusivos al título y a la unidad del equipo, mientras la copa se mantuvo en un lugar destacado. En lo alto del autobús, los deportistas cantaron, bailaron, filmaron a la multitud y respondieron a los aficionados que ocuparon aceras, ventanas, balcones y puntos elevados a lo largo del recorrido.
La comitiva abandonó la Moncloa y recorrió carreteras como Princesa, Alberto Aguilera, Carranza, Sagasta, Goya y Serrano. También pasó por la Plaza de la Independencia y la Puerta de Alcalá antes de dirigirse a Cibeles.
La estimación de las autoridades fue de entre 1,8 millones y dos millones de personas asistentes a la celebración en Madrid. Incluso con temperaturas cercanas a los 35°C, muchos aficionados llegaron horas antes y permanecieron en las calles hasta que pasaron los campeones.
El rojo dominaba el paisaje. Camisetas de los equipos, banderas de España y réplicas de la copa mezcladas con móviles levantados para registrar el paso del autobús. Las avenidas dejaron de funcionar como vías de la capital y se convirtieron en una enorme tribuna al aire libre.
Bailes y juegos revelaron el lado más espontáneo de la selección
El desfile mostró a un equipo muy diferente al que había afrontado la presión de la final. Sin la obligación de marcar, defender o controlar el resultado, los jugadores pudieron disfrutar del momento de forma espontánea.
Borja Iglesias hizo el papel de DJ durante parte de la celebración. Lamine Yamal y Nico Williams llamaron la atención por sus bailes, mientras otros atletas cantaban, jugaban entre ellos e interactuaban con carteles llevados por los fanáticos.
Algunos jugadores se deshicieron de parte de su uniforme conmemorativo para afrontar el calor. Ferran Torres y Marcos Llorente, por ejemplo, aparecieron sin camiseta durante el trayecto. Ferran, autor del gol que decidió la final, también recibió especial atención por parte de la afición.
Estas escenas ayudaron a acercar aún más al grupo a los fans. Durante el Mundial, España había sido reconocida por su organización, su control de los partidos y su capacidad para competir bajo presión. En Madrid apareció la otra cara de aquel equipo: joven, relajada, ruidosa y entregada por completo a la celebración.
Cibeles se convirtió en el gran escenario del segundo campeonato
La Plaza de Cibeles comenzó a albergar presentaciones y actividades incluso antes de que llegara el equipo. Miles de personas se reunieron frente al escenario instalado cerca del Palacio de Comunicaciones, esperando el momento en que se volvería a levantar la copa.
Cuando finalmente aparecieron los jugadores, la celebración tomó la forma de un espectáculo. Cada campeón fue llamado individualmente al escenario, acompañado de una canción elegida para su actuación.
Ferran Torres entró al son de una canción relacionada con el apodo “Tubarão”. Mikel Oyarzabal eligió una canción asociada a las recientes celebraciones del equipo, mientras que Luis de la Fuente apareció al son de “Quijote”, de Julio Iglesias.
La entrada de Rodri fue uno de los momentos más simbólicos. El capitán apareció portando el trofeo y atravesó un pasillo formado por sus compañeros. La copa, iluminada en el centro del escenario, representó el punto final de una campaña construida con autoridad y que terminó en una final difícil contra Argentina.
Luis de la Fuente también fue homenajeado por los deportistas. El entrenador fue levantado y lanzado por los aires, en una imagen que resumía la relación entre el comandante y un plantel que logró transformar el talento individual en fuerza colectiva.
La música pasó a ser parte de la memoria de la conquista
La fiesta en Cibeles contó con las actuaciones de artistas como Aitana, Ana Mena y Lola Índigo, además de bandas y DJs que amenizaron al público durante la espera y después de la llegada de los jugadores.
Uno de los temas más esperados fue “Superestrella”, interpretada por Aitana. La canción había acompañado la trayectoria del equipo durante el torneo y acabó asociada a las victorias españolas, funcionando como una especie de banda sonora informal de la campaña.
El momento reunió a deportistas y artistas en un mismo escenario. Los jugadores cantaron, bailaron y volvieron a levantar el trofeo ante el público. No hubo más tensión, cronómetro ni oponente. Sólo quedaba la celebración de un logro que ya pertenecía a la memoria colectiva del país.
Una nueva generación creó su propia memoria
Las comparaciones con 2010 eran inevitables. Ese año, España ganó su primer Mundial con una generación marcada por nombres como Iker Casillas, Xavi, Iniesta, David Villa y Sergio Ramos.
La selección de 2026, sin embargo, no intentó simplemente repetir el pasado. El conjunto dirigido por Luis de la Fuente construyó una identidad propia, combinando experiencia, juventud, intensidad y control del juego. Rodri se convirtió en el segundo capitán estrella, mientras que jugadores como Lamine Yamal, Nico Williams, Gavi, Pedri o Ferran Torres pasaron a representar una nueva etapa en la historia de España.
La celebración en Madrid simbolizó este paso. Los niños que sólo conocían el título de 2010 por vídeos pudieron ver a una nueva generación llevar la Copa del Mundo por las calles de la capital. Para muchos adultos, fue la oportunidad de revivir una emoción que parecía única.
El segundo título también colocó a España en una posición sin precedentes: el país ahora ostenta simultáneamente el título mundial masculino en 2026 y el título mundial femenino ganado en 2023.
La segunda estrella ya no es un sueño
La fiesta ha terminado, pero la imagen de la copa en el autobús descubierto, rodeada de una multitud vestida de rojo, quedará como uno de los grandes récords del deporte español.
La celebración mostró la escala de un título mundial. En el campo, se decide por los detalles, las elecciones tácticas, las defensas, los goles y la resistencia física. Fuera de él, transforma calles, une generaciones y crea recuerdos que van más allá de los propios jugadores.
España fue campeona en Nueva Jersey, pero fue en Madrid donde pudo comprender plenamente la magnitud del logro. Ante casi dos millones de personas, el equipo entregó la copa al país y transformó la segunda estrella en una celebración popular.
Más que dar la bienvenida a los campeones, los aficionados fueron parte de la celebración. Durante unas horas, jugadores y público dejaron de ocupar distintos lados de las barreras de seguridad. Todos parecían pertenecer al mismo equipo.
Conclusión
La celebración de España tras ganar el Mundial de 2026 combinó solemnidad, emoción y relajación. Comenzó con la llegada de Rodri portando la copa, pasó por los homenajes institucionales y alcanzó su punto álgido en el desfile por las calles de Madrid y el espectáculo celebrado en Cibeles.
Los bailes de los jugadores, las actuaciones musicales, la presencia de millones de aficionados y el nuevo levantamiento de la copa construyeron una celebración digna del segundo campeonato. La generación de 2026 no sólo ha añadido una segunda estrella al escudo español: también ha creado su propia imagen histórica, con toda una capital transformada en tribuna.




